Sin permitirnos contagiarnos de la vida que dan a las calles las dinámicas urbanas que ocurren a diario allá afuera. ¿Qué pasaría si el recorrido a nuestro trabajo fuera algo agradable, una manera de conocer el espacio público, y no solamente ‘‘el camino a’’?
¿Alguna vez nos detenemos a pensar en lo que nuestro automóvil representa para ese peatón o ese ciclista?
Al pasarles por un lado, les arrojamos una ola de calor además de ponerles casi en automático en estado de alerta. Esto debido a que la máquina en la que decidimos movernos por la ciudad, pone en constante peligro su integridad física, e incluso sus vidas. Sin contar que satura la red vial, deshumaniza la ciudad y daña el medio ambiente.
¿Alguna vez dedicamos un pensamiento a considerar realizar alguno de nuestros desplazamientos por medio de otra modalidad? Sería una buena idea el darles la oportunidad y sorprendernos con muchas ventajas que ignoramos.
Entonces descubrí, que no solamente mi casa es mi hogar, y desarrollé un afecto especial por la ciudad en la que crecí pero que hasta hace poco tiempo, desconocía.
En cuanto a los desplazamientos, ahora sé que un peatón siempre se encuentra sumamente vulnerable ante un automóvil, y que, en un simple descuido, quién se llevará la peor parte será seguramente esa persona que va caminando.
Ahora entiendo que en realidad no tengo tanta prisa como solía tener siempre que tomaba un volante, y, que la ciudad es de todas las personas que vivimos en ella, por lo tanto, es un deber colectivo el compartir el espacio público, incluyendo las calles, con respeto y empatía hacia todos y todas las que lo ocupan al mismo tiempo que yo.