Cada siniestro deja una huella profunda en quienes sobreviven, en sus comunidades y en el espacio público. No se trata solo de estadísticas, sino de personas y vidas que cruzan la calle, van al trabajo o a la escuela.
Todos llevamos en la memoria a alguien que ya no está: un amigo, hermano, madre, padre o vecino que perdió la vida en un hecho vial. No son solo cifras; son ausencias que duelen y que pudieron prevenirse.
Honrar a las víctimas también significa reconocer ese dolor y transformarlo en memoria urbana, en acciones colectivas que construyan entornos más seguros y humanos. En el marco del Día Mundial en Recuerdo de las Víctimas de Siniestros Viales celebrado el tercer domingo de noviembre, esta fecha nos invita a mirar más allá de los números y preguntarnos:
En muchas ciudades, las personas rinden homenaje a través de pequeños monumentos: cruces blancas, bicis pintadas (bicicletas blancas), jardines o murales que nos invitan a detenernos y reflexionar. Estos gestos nos recuerdan que el espacio público también guarda historias, y que su diseño puede marcar la diferencia entre la vida y la ausencia.

Duelo y memoria colectiva
El tercer domingo de noviembre no es solo una efeméride: es un llamado a la empatía y a la acción. Detrás de cada cifra hay nombres, historias y familias que enfrentan una pérdida que no debería considerarse inevitable. Las muertes viales no son accidentes: son consecuencia de decisiones que privilegian la velocidad sobre la seguridad, y los vehículos sobre las personas.
Poco se habla de la importancia de reconocer el dolor, de cómo transformar el duelo en una acción que prevenga futuros siniestros. La violencia vial también es una forma de violencia estructural, producto de decisiones de diseño, normativas y prioridades. Un ejemplo claro son los puentes anti-peatonales, que dificultan la movilidad segura e incluyente.
Necesitamos espacios de memoria urbana como cruces seguros, jardines, murales, señalética conmemorativa que nos recuerden que la empatía en el espacio público también salva vidas.
Desde el urbanismo, tenemos una herramienta poderosa: el diseño del espacio público. Las calles no deberían ser canales de velocidad, sino espacios de convivencia y cuidado. Diseñar para la seguridad significa pensar en banquetas amplias, cruces seguros, visibilidad en esquinas, ciclovías protegidas y velocidades compatibles con la vida.
Bajo la visión de Cero Muertes Viales, buscamos que la planeación y gestión urbana prioricen la vida por encima de todo. Los siniestros viales no son “accidentes”: son consecuencia de decisiones, y por eso también pueden prevenirse.

¿Cómo hacerlo posible?
Políticas públicas que prioricen calles seguras.
Diseño inclusivo y reducción de velocidades.
Infraestructura que salva vidas: reductores de velocidad, pasos seguros, ciclovías protegidas, entre otros.
Este mes nos invita no solo a recordar, sino a transformar el duelo en política pública, en rediseño, en empatía. Honrar a las víctimas de siniestros viales es comprometernos a rediseñar nuestras ciudades para proteger la vida.
Cada cruce, cada banqueta y cada kilómetro debería recordarnos que una ciudad segura es una ciudad que cuida.
Esta nota es un homenaje a las 42 personas que perdieron la vida por siniestros viales en Culiacán Rosales durante 2024. Que su recuerdo nos impulse a construir calles para la vida.

