Una ciudad verdaderamente habitable es aquella que se percibe como segura por quienes la recorren a pie. Caminar es una de las formas más básicas y cotidianas de movilidad y, sin embargo, no todas las personas experimentan el espacio público de la misma manera.
Desde una perspectiva de género, la seguridad al caminar cobra una relevancia especial, ya que factores como el diseño de las banquetas, la iluminación y el entorno urbano influyen directamente en cómo mujeres, niñas y personas cuidadoras usan “o evitan” la ciudad.

La banqueta es uno de los elementos más importantes del espacio público. Su diseño, dimensión y estado determinan si un trayecto puede realizarse de manera cómoda, segura y autónoma. Cuando caminar no implica obstáculos, interrupciones o riesgos, las personas se sienten más tranquilas y disfrutan su recorrido como peatones.
Sin embargo, el espacio caminable no se limita únicamente a la banqueta. Forma parte de un sistema urbano compuesto por múltiples variables que pueden transformar por completo la experiencia de movilidad. Un andador amplio pierde su función si está mal iluminado, invadido por vehículos o rodeado de entornos que generan miedo o incomodidad.

La movilidad no tiene horario. Trabajar, estudiar, cuidar o regresar a casa también ocurre de noche. La falta de iluminación limita la visibilidad, incrementa la sensación de vulnerabilidad y restringe la autonomía de quienes caminan.
Una ciudad que prioriza la seguridad peatonal debe garantizar iluminación continua y suficiente en banquetas, cruces y espacios públicos. Ver y ser vista es una condición mínima para sentirse segura.

La percepción de seguridad no depende de un solo elemento, sino del conjunto del entorno urbano. Factores como:
Oscuridad o iluminación deficiente
Pasos elevados o subterráneos
Baldíos urbanos y espacios abandonados
Alta velocidad vehicular
Falta de actividad en planta baja pueden convertir un trayecto cotidiano en una experiencia de riesgo. En contraste, la presencia de comercios activos, vegetación, zonas peatonales claras y una alta densidad de personas fortalecen la sensación de seguridad.
Diversos estudios muestran que la percepción de seguridad varía según el género. Las mujeres suelen evaluar el espacio urbano de forma más crítica, no por exageración, sino por experiencia. Ignorar estas percepciones crea ciudades excluyentes.
Diseñar con perspectiva de género es diseñar para todas las personas. Es reconocer que el miedo también se planea, pero que la seguridad puede y debe diseñarse.
¿Y tú? ¿Cómo es el espacio que te hace sentir más seguro o segura al caminar por tu ciudad?
